Adicta

Ella muele el polvo
lo mira,
Lo asecha con un largo popote
esparciendo al aire risas
y partículas,
argumenta que no hay nada
mejor que lo que hace,
que no es verdad
que la droga es muerte;
para ella es vida,
luego tal vez sea muerte,
pero hoy
ella disfruta el polvo mágico,
el rechinar de su mandíbula,
el baile con la multitud,
el abrazo sin afecto,
el cambalache de su cuerpo,
las piernas al aire,
el pene colectivo
y finalmente,
se junta con ella misma
(afuera de la vista)
diciendo algo así como:

No estoy tratando de vivir
una vida loca,

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Reflejo

Cuando el reflejo se pierde,
muy seguido por cierto,
entre la distancia
de mis ojos y el espejo,
es porque una oruga,
creo yo,
es la que rompe la imagen
de la mariposa frente a la lluvia
y la realidad sigue siendo un insecto;
porque hay momentos que no distingo
a la razón desintegrando el cuerpo.

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La tortillería

La ingratitud de mis hijos hace que mis tripas se enreden como un queso Oaxaca. Elsa, la única hija que me quedaba se me largó con el marihuano de la panadería, ¡Ay diosito!, si yo le decía: “hija no seas tonta, ese infeliz no tiene ni en que caerse muerto, es uno más del montón; ya investigué, es dejado, su esposa lo abandonó por drogadicto, su paga se la gastaba en pura droga y tomadera“.

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Gracias a Dios papá se va para siempre

No hace un año que estuvimos todos al rededor de nuestro padre, a un costado del arbolito de navidad. Marizta, la más pequeña colgaba de su cuello, lloraba prendida de su cintura, mi madre secaba sus lágrimas con su mandil, él cual portaba la foto del ex candidato a la Presidencia Municipal, que de haber sido electo mi padre no hubiese marchado al otro lado; él decía que no iba de mojado, sólo por el hecho de llevar su pasaporte; para mí lo era.

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Habitación sesenta y nueve

Le contaré desde un principio. Uno de los tantos trabajos que tuve en la desesperante necesidad de trabajo fue en ese hotel de paso, de mala fama. Usted debe de conocerlo, es el CID, está a la salida de la ciudad. También lo vi cómo una oportunidad de conseguir viejas y hacer una que otra transita.

El turno de noche me agradaba, el de día era muy tedioso, no había clientes que acortaran mi trabajo. Unas noches atrás verificaba las listas de los cuatros cuando Marcela llegó gritando:
«Pancho, Pancho»

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