Todo empezó por ese polvo fino e imperceptible se fue depositando, sin que ellos dos se dieran cuenta cabal, en los muebles, pisos y paredes, ni del óxido que se fue formando en los goznes y bisagras que permitían el libre movimiento de puertas y ventanas, aquellas que permitían que el aire fresco de la mañana invadiera todos los rincones, que los trinos de los pájaros en los árboles cercanos llenaran de alegría sus mañanas y sus días y que la luz invadiera todo aquel amplio espacio sin dificultad para reflejarse en el interior y no sentirse enjaulados o encerrados, dando por el contrario una grata sensación de amplitud, libertad y frescura. Esas puertas y ventanas que también llegado el momento podían cerrarse cuando soplaba el viento frío y por la noche o a cualquier hora para disfrutar de la intimidad sin sentirse observados por sus vecinos, por la luna o el sol.
Vivían en una casa pequeña, como muchas parejas que apenas empiezan, pero muy acogedora, en las afueras de la ciudad, sobre una colina desde donde se podía todavía disfrutar del campo y montes que transitaban del verde al amarillo pajizo según la época del año, a través de la ventana de la sala, paisaje que estaba condenado tarde o temprano a convertirse en nuevos fraccionamientos.
Aquella casa que rentaban al tío Roberto, que se había ido a vivir a Zacatecas, estaba hecha justo a su medida y con el esmero y cariño de los primeros meses, la fueron arreglando y amueblando con sencillez, pero buen gusto. Ahí se respiraba una atmósfera que los reflejaba a ellos mismos y sus sueños, entre los cuales estaba poder comprarla y así ir cimentando un patrimonio. Aún recuerdo las reuniones de amigos y amigas, hermanos y hermanas de uno y otro, solteros y casados que nos dábamos cita casi cada semana, en aquella sala alumbrada con las llamas de la chimenea y ese agradable olor de ocote mezclado con alguna de las sorpresas que ella solía cocinarnos despidiendo su aroma desde la cocina, la guitarra, las canciones, algo de poesía, algún tequila o ron, mientras el reloj lentamente rumiaba las horas hasta el amanecer.
El era un hombre trabajador y honesto, que apenas unos meses antes de haberse casado con Verónica, ahora señora Aguirre, había iniciado un pequeño negocio de computación, actividad muy promisoria en aquellos años en que las computadores personales empezaban a invadir no solo el ámbito de las oficinas, sino también del hogar. Era una moda y había que aprovecharla, pues el mercado que se veía enfrente era inmenso, pensó él en algún momento y sin más, como surfista californiano, tomó su tabla y se lanzó a sortear y montar las olas, no sin algunas objeciones y hasta berrinches que pusieron en peligro la relación, de su entonces todavía novia, quien veía riesgos y hubiera preferido que Leonardo conservara su empleo y un sueldo seguro como ingeniero en la empresa donde había logrado rápidamente escalar posiciones, hasta llegar a una gerencia departamental, desde la cual la cuesta hacia arriba era muy empinada, por no decir que casi imposible, debido a que los principales puestos eran ocupados por miembros de la familia del Don Gonzalo Morales, el fundador hacía ya tres décadas y aún en funciones de director general.
Leonardo, había disfrutado los primeros años en Morgo, pues como profesionista recién egresado, había encontrado un ambiente agradable, con posibilidades de seguir aprendiendo y donde logró llegar a sentirse a sus anchas, gracias a su primer jefe, el Sr. Lucien, un francés algo neurótico que vino como parte de una misión de asistencia técnica a mediados de los sesenta y terminó enamorándose de México… y de una mexicana.
Ahí conoció también a Salvador, quien a la postre se convertiría en su mejor amigo. Al menos eso pensaba él.
Continuará…
Amigos:
Luego de un breve receso por problemas con mi PC, esta es la primera entrega de una serie de historias cortas entrelazadas que empecé a escribir bajo el título de Crónicas de tiempos y destiempos. Espero su crítica y comentarios.
Salud y saludos
Ponciano