Cuando lo descubrió, ella, tan fuerte y entera, tan mujer y tan dueña de sí misma, se derrumbó y su tez morena sintió entonces como un río que brotaba de sus ojos corría anegando todo a su alrededor. El pretendía confortarla, pero tal era el desconsuelo que finalmente fue contagiado de su llanto y aquella cama poco a poco se convirtió en una diminuta isla en la mitad de la nada. Al llegar la noche y sentirse amenazados por la marea, subieron al último reducto aún seco y se encadenaron a sus almohadas.
Cuando la luna fue llamada a testificar, dijo que cuando llegó al lugar, solo los vió ahí ahogados y un cabello rubio flotando sobre el mar.
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