Su obsesión por los zapatos llegó a tal grado que ver a una mujer usando zapatos de tacón le ocasionaba una gran erección. En la oficina no podía disimular su lujuria desencadenada ante las ejecutivas, quienes desataban sus más bajas pasiones con sus caros zapatos y esos tobillos blanquecinos que le hacían pensar en sexo, puro sexo fetichista con los pies de las mujeres. Se las imaginaba siendo sus esclavas, haciéndole el amor con caricias que provenían de sus pies. Nunca supo de dónde le venía el impulso sexual que iba atado al zapato femenino. De repente su obsesión se enfocó hacia todo tipo de zapatos. No dejaba de ver los pies femeninos en cualquier parte donde estaba. No lo dejaba trabajar ni concentrarse. Desarrolló una obsesión con las uñas pintadas, con las cadenitas que algunas mujeres usan en los tobillos. Le gustaba ver un poco de los pies de cada mujer. Cambió su empleo por el de ayudante en una zapatería. Siempre sabía el zapato exacto para la mujer exacta. Luego evolucionó a ser pedicurista, lo que le proveía de material para sus fantasías en esas noches de soledad.
Su mujer lo abandonó al poco tiempo pues no soportaba que tuviera esos gustos cuando ella no tenía piernas, no soportaba no poder complacerlo y saber que había dejado de ser atractiva para él y no podía hacer nada.
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