La Encomienda

Cierta ocasión, Dios me habló, me explicó del infinito amor que sentía por mí –su hijo predilecto- y que razonablemente merecía recibir la actividad más agradable de todas las que tenía previstas para los humanos. También me explicó que la tarea no iba a ser sencilla, ni tampoco muy difícil, más bien era una situación artística, de mucha sensibilidad y de mucha paciencia.
Lamentablemente no me entregó ningún manual de usuario, ni siquiera una guía práctica, se concretó a proporcionarme todos los materiales que pudiera necesitar, no escatimó nada; un apapacho en la espalda y un plazo de 25 años para iniciar mi obra, debo decir que este tiempo debería ser suficiente para el aprendizaje.
De manera increíble consideré que el tiempo había sido suficiente y me aventé a la arena, como buen torero, sintiéndome capaz de todo. Me imaginaba dando una vuelta al ruedo, aclamado por un público extasiado con mi sapiencia y mi habilidad, el aire agitando mi capote y el sol acariciando mi faz, lo único que molestaba, era un poco de arena que se había metido en el zapato... en fin, todo iba bien, hasta que apareció el toro, un malvado toro que no sabía que yo, el mejor de los toreros, el más capaz, el increíblemente hábil era quien estaba ahí, parado frente a él, estático, mudo, solo; obviamente, como él no lo sabía, pues me trató como a todos los demás y se inició la lucha más increíble de mi vida, darle forma a la obra que Dios me había confiado, y yo que apenas tenía 25 años, muy poca experiencia, sin ningún manual del usuario, ¡que había unido ya algunos de los materiales que me habían proporcionado y tenía en mis manos el principio de la obra que me inmortalizaría!. No puedo negar que Dios es tolerante, que acepta cualquier forma que nosotros deseemos improvisar, no nos cuestiona, sólo se concreta a poner el título a la encomienda... “Éste será tu hijo”

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