La mancha. Ahí la mancha. Sí, turbia, verdosa, húmeda, sobre sus zapatos. Y la música de la cantina a sus espaldas, golpeándolo, metiéndosele entre las costillas, lamiéndole la borrachera, porque sí. Sentía la boca desinflada, con una sed confusa, como si el alcohol le hubiera resecado los labios, dejándoselos con grietas, y los dientes pesados, afiladas las encías, los dientes a punto de caérsele. Picota se frotó los ojos. Guió la mirada a tientas hasta la puerta que estaba detrás de él, entretuvo un poco la mirada en el cielo borroso que parecía caerse sobre el patio. Una música pegajosa, de rocola, metálica y gris iba y venía desde la puerta trasera de la cantina, iba y venía como el frío que ahora se había adherido no sólo a los barrobloques de la pared sino también a su verga empequeñecida, arrugada entre su mano, apenas un despojo entre el cierre del pantalón.
Picota repasó el pulgar y el meñique sobre su miembro y se descubrió apretándolo delicadamente, encontrándolo esponjoso, mojado en la punta, mientras descubría de nueva cuenta la mancha a sus pies, como una plasta oscura y sanguinolenta. Se cerró el pantalón al tiempo que pensaba: Acabo de vomitar. Y la frase le llegó con claridad entre la bruma de la borrachera. Se chupó los labios por la sed y escupió, pero el escupitajo le salió seco, como evaporado; al carraspear reconoció en el paladar también ese otro sabor de la sangre, casi metálico y rabiosamente fuerte. Ahí estaba. No era mentira. Tenía la boca llena de sangre. Hundió la lengua en el hueco donde había estado su diente, varias veces hundió la punta de la lengua sobre la piel babosa de las encías e hizo amagos de escupir, como si buscara en la garganta una saliva nueva a la par que la sangre se le adensaba en el paladar.
En la oscuridad sólo podía oler su vómito y transpirar el frío que llegaba con señas de leña quemada y drenaje que venían detrás del muro. De la colonia emergía un frío que también venía a caer sobre el patio, escuchó los ladridos estridentes de una banda de perros que llegaban arañando el muro, sin compás, sin melodía. Alzó la mirada para ver más allá del muro y encontró un foco amarillento de luz mercurial, percudida, y tras ella cables de luz apelmazados como una inmensa telaraña que parecía caer sobre la calle. Luego oyó voces atrás de él y la puerta a sus espaldas se abrió. Un hombre muy delgado avanzó a paso tembloroso y se le acercó, hombro con hombro, mientras la música de la rocola entraba desde la cantina. Lo escuchó mear, luego le encontró una risilla burlona y por un momento se quedaron viendo y el flaco seguía riéndose, burlándose de ebriedad y después le dijo que se apurara, que su amigo lo estaba buscando, que lo esperaban, que dónde se había visto un trío de una sola persona. Y entonces adentro, se apagó la música.
La puerta chirrió cuando el flaco se fue; Picota percibió que no sólo rechinaba la puerta sino también algo al fondo del patio y por la ansiedad y el miedo que se enfilaba desde los resquicios de la puerta ahora callada: altanera, burlona. Quiso vomitar pero se contuvo, mientras le llegaba con claridad la imagen del Virolo, su amigo, hundido entre las mesas, con el violín sobre la mesa, peleándole lugar a las botellas. Y ahora el silencio. Impenetrable.
Y la sangre seguía ahí. No se le iba con el vómito ni con la sensación de pronto nueva, de un golpe en la cara, un golpe que ahora le ardía. Pues, chingados, se dijo y se llevó la mano a la nariz y no sintió sorpresa cuando se palpó la carne en firme, la herida, aquella piel levantada y pegajosa por la sangre. Pues, qué jodidos... se dijo mientras intentaba dejar el punto de apoyo que era la pared y le llegaba el mareo y de nuevo la sangre y sentía un hilo de baba acumularse peligrosamente en la comisura de sus labios.
Las piernas le fallaban. Era como si recién hubiera terminado de correr un maratón. Intentó no resbalar mientras el olor a humedad del patio y de los orines llegaba con más precisión, tomando forma, liándose unos con otros en una amalgama amarillenta, casi testicular. Picota apretó los dientes, cerró las manos, manoteó en el aire para no dar de bruces. Volvió el rostro hacia atrás mientras sentía cómo el aire iba alborotándole aún más la borrachera.
Se palpó la herida, sorprendiéndose de la carne abierta. Sólo se filtraba una pequeña luz por la puerta de la cantina junto ese silencio de pronto roto por el rasgueo chillón del violín temeroso, acompañada por la voz de su amigo: “Ahí llegó Chito Cano, para cobrarse un pendiente, se vengara ojo por ojo, lo mismo diente por diente.” Picota tarareó la canción, se sabía la letra, procuró aferrarse a ella mientras la voz delgada de su amigo lo hendía, que la letra le recordara dónde estaba, qué estaba haciendo. Intentó seguir la música y el compás mientras las piernas seguían enteleridas. La nariz era un ardor. “No piensen que está acabado, él es un hombre valiente.” Ya me madrearon, recordó, y le empezó a surgir un dolor en la espalda, trepándosele igual que la borrachera. De pronto quiso soltarse a llorar. ¿Por qué chingados me dejé madrear? Siguió la letra de la canción: “Por ahí viene Chito Cano, siempre un hombre valiente y bragado”.
Por un momento quiso ser como ese hombre. Las piernas se le doblaron en cuanto pensó eso pero el recuerdo del vómito a sus pies lo hizo aguantar la caída. Arriba, la noche estaba nublada, no podía ver más que la espesura de las nubes, una contra la otra apelotonadas, como si estuvieran vivas, como un inmenso animal que respiraba sobre él, a punto de lanzarle una dentellada en la oscuridad. Buscó un punto de apoyo en el patio pero no encontró nada, sólo era un patio amurallado, como si fuera el fin del mundo, adobes, un arbusto mediano y pelón, como puesto a la fuerza, un barreño blanco y dentro del barreño botellas de caguamas, huacales con periódicos. Nada más.
Volvió a tocarse la nariz. Estaba rota. Oyó su respiración afilada, bronquial. Se sentía ahogado. Jadeó. La voz le sonó ronca. Como nunca antes. Y entonces, mientras escuchaba los acordes finales del corrido, intentó repasar la escena. Virolo. El Virolo. ¿No habían ido los dos, juntos hasta ahí? ¿No le había dicho Virolo que buscaran otros caminos, otras cantinas? Para huir del pinche frío, le dijo, para huir de la pinche hambre, agregó, para huir de nosotros, carnal, vámonos de aquí, vamos con doña Eladia, a lo mejor ahí se arma bueno el ambiente, a lo mejor ahí se pone sabroso y a lo mejor ahí necesitan de nosotros. Y entonces le vino el recuerdo claro de doña Eladia: una mujer flaca, de huesos apretados, alta, con canas prematuras aunque doña Eladia aún no tendría ni los cuarenta años. Recordó la casa en la periferia, donde siempre daban buenas propinas, con su puerta delantera y los gatos. Y el trasiego para llegar a ella.
Picota se recargó en la pared, con la música de otro corrido saliendo de la puerta y de la voz temblorosa de Virolo, uno que hablaba sobre la maestra Laura Garza que había asesinado a su novio. Empezó a recordar el viaje, él con su tololoche a la espalda como un hijo muerto, el Virolo bien sencillo, con su violín. Habían salido de las desiertas cantinas del centro a causa de los últimos asesinatos. En el Lontananza habían asesinado a un cantante. En el Indio Siux a un par de clientes. Afuera del Zacatecas habían tirado a una mujer, una bailarina de ahí mismo. Ya nadie se metía en el Venadito. Ya nadie les pedía corridos de rurales ni de Piporro en el Bar de Max. En las cantinas del centro ya no se respiraba bien, recordó, todos andaban con el miedo entreverado. La vida buena volvió a las orillas, compadre, le dijo el Virolo.
Se fueron enfilando hacia la orilla de la ciudad, subieron a un camión nuevo, con aire acondicionado tibio aunque notaban el aire helado afuera raspando paredes, personas y animales. Bajaron muy lejos de casa de Eladia, pero fueron metiéndose entre las callejuelas hasta salir a las calles de terracería. Virolo iba contento. Tocaba su violín y salían los niños que aún a esas horas de la noche andaba calentando la pelota en las calles. Eran unos niños casi desmadejados, flacos, con sus ropas ajadas. Ahí iban los cantantes. Hay que calentar a la raza, Picota, le había dicho el Virolo, tócales algo para niños. Y Picota se quedó, ¿cómo quieres, pinche Virolo?, ni madres que ande con el tololoche caminándolo también.
Cuando llegaron con doña Eladia ya se había armado el jolgorio. Cantaron primero “Pacas de a kilo”, después “Camelia la Texana”, después “El corrido de Juan Amaya”. Los parroquianos les peleaban las canciones a los músicos y los alifuses a las meseras. Les gritaban desde el fondo del lugar, vénganse para acá los músicos. Y cantaron. Todo un resto lo que cantaron. “La mesera”, “Una botella”, “El corrido de Mojado fracasado”, incluso se aventaron hasta “La última muñeca”. La voz se les agrietó, la refrescaron, se les volvió a agrietar. Le vino con claridad aquella imagen de él bebiéndose toda la cerveza del lugar, con el Virolo junto a él, quejándose del infeliz del Ramiro. Ramiro y su impuntualidad. El Ramiro mal tercio. ¿Dónde se había visto un trío de norteño sin acordeón?
Luego le vino de nuevo la arcada. Quiso contenerla. Quiso retenerla en la boca, tragársela de nuevo pero le supo a hiel y Picota la echó hacia afuera. Y después de eso lo vio. Como adrede. Como si estuviera buscándose el lugar, el momento, el acorde, pues. Vio el bulto. Al fondo del patio, como echado de lado junto a un par de huacales con periódicos. Un chingada madre le explotó en la cara. Se le paralizó la sangre del coraje al recordarlo. Le dejó de doler el cuerpo, la herida, la sangre en la boca se volvió nada. Aguzó los ojos, los oídos mientras se encaminaba hasta la esquina y revisaba el bulto.
El tololoche estaba de lado, en el fango, tenía roto el punto de apoyo. Lo levantó con ansiedad, le palpó los costados, lo golpeó ligeramente para escuchar la resonancia y la acústica, no lo escuchó mal, después revisó el cordal, encontró una rota, buscó el clavijero, lo palpó cuidadosamente y después vio el hueco. No supo por qué no lo había encontrado. Se habían sonado al tololoche, de una patada. No supo si quiso llorar o mentarle la madre al Virolo por llevarlo hasta allá. Y recordó bien a los hombres, cuando lo sacaron al patio y lanzaron su instrumento entre la basura.
Atrás de la puerta seguía escuchándose aquel corrido valiente de Laura Garza en la voz cada vez más compungida de Virolo. Recordó por momentos que ese corrido le gustaba, sí señor, el corrido de una mujer valiente, de una señora de las de acá, ¿no había empezado a cantar precisamente, por eso, porque no sólo era cantar, sino recordar, recordar el mundo, recordar cuando los valientes sí mataban y cuando los valientes no se dejaban? La imagen de su abuelo, ya perdida en los años, le vino de golpe, con ese tololoche que ahora estaba roto junto a él, mientras el corrido de Laura Garza daba paso a otro que también reconoció, uno del mero rey del corrido, uno del gran Beto Quintanilla, “venía renqueando la yegua, traía la carga ladeada”.
Escuchó la canción sin dejar de acariciar el tololoche herido. Le tembló el pulso de la rabia, de un coraje que desaparecía el ardor de la herida y el regusto ferroso de la sangre en la boca. Sintió de nuevo un temblor en el cuerpo que no era a causa del frío, ni de la herida. Pensó en Ramiro y su acordeón. El buen acordeón del Ramiro. Qué lumbre era con él. Qué lumbre fina era aquella música que salía de aquel fuelleo como si le dieran ataques. Quiso recordar más, quiso saber si después de terminar esa canción, el Virolo se volvería a arrancar o si lo dejarían.
Dio unos pasos hacia atrás y la música se disolvió ahora en los murmullos que salían tras la puerta. Virolo se había callado. Apretó los dientes mientras la luz de la luna empezaba ahora sí a iluminar bien el contorno sucio del patio. Buscó el cielo y lo encontró ahora despejado, como si todo empezara a dar rienda suelta a lo que de verdad ocurría. Picota se recargó en la pared, una barrera fría. No quería preguntarse nada, pero ya la pregunta le empezaba a arder en el paladar, ya el pensamiento era más rápido incluso a pesar del mareo y del silencio que sólo podía significar miedo. El corazón le latió con la misma fuerza con la que entonaba los corridos, las canciones que luego le pedía la gente, “Manuel e Isabel”, “Flor de Capomo”, “El viejo trailero”, “La Muerte de un Coleadero”.
Fue entonces que escuchó pasos que venían detrás de la puerta. Apareció un hombre. Después otro. Al final terció el flaco de momentos atrás. No tenían cara de ser de por estos lados, y pensó que era absurdo saber de dónde era la gente sólo con verle el rostro. Sí, eran fuereños. Los escuchó hablarle. No, no eran de ahí, venían de otras tierras, imposible no reconocerlo en ese otro estilo de hablar norteado, un poco más cantadito, un poco más huevón.
Recordó lo que se decía en el centro, en las cantinas y entre los otros viejos que se sentaban a esperar clientes en la avenida Cuauhtémoc, mientras las putitas recogían chamacos y se los llevaban al hotel de la esquina, mientras pasaban los fuereños rumbo a la central de autobuses e iban y venían las patrullas de federales y simples chotas, deteniéndose lentamente en la avenida, como oliéndolo todo nada más para ver qué pescaban. Este norte se nos está acabando, amigo, les había dicho uno, mientras esperaban afuera del billar, una noche atrás. Ahorita hay una guerra para saber cuál es el bueno. Si éste, que siempre ha sido el mandón, o el otro, que viene con aire de mar y otros requiebres. Y nosotros, pues qué somos, pinches músicos de rancho que sólo pueden cantar lo que hace el valiente.
—Órale huevón —rugió la voz del flaco—, tu amigo te espera y ya no andes con pendejadas.
Picota empezó a recordar entonces todo, un poco, más claramente mientras veía a aquellos fuereños, cinco hombres, todos con las pistolas piteadas, todos con hambre. Y empezaron a pedirles corridos de hombres de otras tierras, de valientes que nadie conocía por estos lados, ni sus músicas, ni sus modos, y cómo empezaron a impacientarse hasta que se armó la jarana y…
—Ustedes me jodieron mi tololoche, así no puedo —alcanzó a defenderse Picota mientras el otro lo invitaba con la pistola al aire a que entrara a la cantina.
—Pues entonces con las palmas, cabrón, que el jefe ya llegó.
Y entonces, casi llevado a la fuerza, entró. Vio al Virolo entre las mesas, flaco, desfajado, con el violín casi como extensión de un brazo y el arco en la otra mano, parecía como un tejón a punto de morir ante uno de los viejos halcones que tiempo atrás se veían planeando por toda esa zona. Doña Eladia no dijo nada, se limitó a esconder la mirada en la hoja donde apuntaba las cuentas, las mujeres se habían orillado a la pared y en los parroquianos que antes cantaban y festejaban se había impuesto un siseo medroso. A ver qué norte gana, recordó de nuevo las palabras del viejo mientras miraba su tololoche herido, una cuerda rota, y al Virolo lo llevaban a donde estaba él, los dos juntos, solos, frente a los cinco pistoleros que sonreían burlonamente y pedían cerveza y alguna mujer para calentar las piernas mientras el jefe, con la mirada perdida y aburrida, apenas si alzó una mano para rascarse una oreja. Uno de los pistoleros les dijo.
—Toque una sinaloense, pal patrón.
Y mientras uno de los matones levantaba la pistola se echaron a cantar, Virolo una, él otra, a capela, desentonados. Picota sólo pensaba en las cantinas desiertas de la ciudad, en los otros valientes y los descabezados: pensaba en el otro norte que también a ellos se les había ido como una mancha turbia, verdosa y húmeda.
Enviado por Kozameh el Mié, 02/07/2008 - 14:12.
Picota
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Si eres de los nuevos del Taller, entras con el pie derecho. y mira que no soy nadie para decírtelo. Muy buena narrativa, muy descriptiva, muy detallada, buenas pinceladas, el ambiente de cantina y de borrachos, estupendamente lograda. Me colocaste en el lugar de los hechos. Quizás te faltó "peinar" un poco más el texto.
Pero me agradó sobremanera. Voy a echar aromatizánte para que se vaya el olor a cantina barata. Me impresionó saber que te sabes muchas canciones de por allá. Me hace falta "viajar" en ese tipo de música. Yo me estacioné en Jorge Negrete y Pedro Infante. ¡Bu!
El cuervo
por la lectura y por el ejercicio de la comparación, tambien tuve buenos maestros en la prepara, aunque, ninguno escribía.
Igual y no es muy importante lo que te voy a decir, pero tu estilo me recordó a un maestro de la preparatoria. Buen texto, nos estamos leyendo, saludos