Sueño con mis calcetines. Nunca, en mi vida, había sufrido tal orfandad de ellos. Fueron los primeros en perderse entre las cajas y las bolsas negras desde que empezó la mudanza. Sólo un par llegó a salvo a la nueva casa; sólo uno entre tantos: el resto apareció en la caja de herramientas, a medio tragar por el pico de las pinzas, ahogados bajo el peso de las bolsas de yeso, otros se asomaron junto a las cacerolas para hervir carne. La búsqueda duró días. A veces alzaba una caja con jabones y encontraba algunos calcetines de un color y de otro, lisos o con rayas, rotos o remendados, pero todos huyeron y huían ante la menor responsabilidad. Se escondieron entre los libros como si fueran ratones, se arremolinaron entre los tenedores y los trinches de cocina, afelpados y calientes, dejándome descalzo.
Pero no crean que esto fue el resultado de la mudanza. Los nuevos también se pierden después de una puesta y los viejos se dan el lujo de hundirse en los huecos del sillón o enredarse, asfixiados, entre las sábanas.
Cuando por fin encuentro un par, los ato con suma docilidad, les acaricio los lomos de algodón, les hago un nudo cariñoso y los guardo en un lugar donde nunca más puedan perderse o los ato con suavidad al tendedero. Sé que adentro chillan o se revuelven, enfurecidos o que quieren soltarse, desesperados.
En mis sueños los recupero. Aparecen todos mis pares, cada cual con su pareja, doblados o extendidos sobre la cama como si tomaran el sol o arrejuntados y tibios en la cajonera como las crías que son. Yo sé que este cambio no les ha sentado bien. Lo sé, porque yo también a veces ando así, como perdido de mí mismo, buscándome en el otro lado del sofá, en la frontera de la cama o bien, en aquella silla de la mesa donde nunca me sentaba. Pobres de mis calcetines. Pobre de mí.
No sé qué más hacer por ellos, pero en mis sueños, los veo que fuerzan el candado, que salen más combativos que antes y al menos un par, dolidos por el engaño, frustrados por el cambio, se trepan en mis narices, me tapan la boca y me asfixian. Me despierto de golpe y veo a mi mujer al lado, dormida, exhausta después del día de trabajo. Sólo entonces levanto las sábanas para ver mis pies y los pies desnudos de ella. Y sonrío. Es que a ella también se le han perdido todas sus calcetas.
Enviado por Kozameh el Lun, 21/07/2008 - 23:40.
Soltería
Libreta de Kozameh
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- ¡Victorino! Me caí de la risa (MC)
hace 31 mins 34 segs - Es verdad . . .
hace 41 mins 24 segs - Gracias por el comentario
hace 47 mins 22 segs - si
hace 49 mins 46 segs - por error
hace 50 mins 18 segs - BM Para que alguien se enamore de tus palabras (MC)
hace 1 hora 20 mins - BM antes de hacer comentarios tan sugestivos (MC)
hace 1 hora 29 mins - Pida un poco más al trabajo que hace
hace 1 hora 35 mins - Ellos no mandan sobre el papel (aunque sea electrónico)
hace 1 hora 40 mins - chistorrin
hace 3 horas 23 mins
El cuento corto tiene fuerza en la forma, está bien estructurado, transporta, te lleva de la mano por imagenes y pensamientos que son el uno y el otro, el final acertadisimo, contundente, la verdad te aplaudo este cuento, a mi me encantó, ademas de que explotas de manera maravillosa una situación común sin hacerlo lugar comun.
Espero leerte continuamente.
El relato es bueno, pero quizá puedas experimentar incluyendo algún giro, un punto de inflexión en la historia, es para mi gusto un tanto plano.
Es sólo un punto de vista, los vecinos seguro te orientarán mejor, y tendrán mejores cosas que decir.
Un saludo
Hernando