Jesús llegó a la biblioteca con la jalada de que amaneció roto por dentro; como si se le hubieran zafado los huesos durante la noche.
—Estoy roto —silbó entre dientes apenas entró a los casilleros y guardó su lonchera en el locker. Comenzó a desvestirse, se quedó en calzoncillos, sacó el uniforme y se vistió. Jadeaba con cada uno de sus movimientos—. Apenas si pude dormir y ahora apenas si puedo respirar.
—A dió… y qué te dio Sandra.
—Nada, me puso un vapurub.
El calor ya se sentía en los pasillos de la biblioteca cuando entramos al rondín previo a la apertura de las puertas. Verificamos que todo estuviera en su lugar. Marcelino conducía el carrito con los libros y de cuando en cuando se detenía, tomaba algunos y los depositaba en los anaqueles. Patricia limpiaba el mostrador donde sacan las copias. Tras la puerta de cristal ya esperaban un par de muchachas con libretas en las manos. Pinches chamacas. El aire se sentía pastoso y miré el cielo: limpio. Hoy hará mucho sol.
Me da harta hueva vigilar la biblioteca. No me gusta andar cerca de los libros. Prefiero cuando me mandan a rondinear a la Expo Guadalupe o al parque Alamey. A mí me late el parque. Hace mucho que se encuentra abandonado. Ahora es un tiradero de esculturas, bodegones donde el municipio junta todo lo que no utiliza. Los juegos picados por el óxido tienen telarañas, los caminos de barroblock están perdidos entre la maleza que también, poco a poco, se come el estacionamiento. Veo la hierba y me pregunto cómo algo tan débil puede abrirse paso entre el asfalto y qué fuerza debe de tener una pinche planta para hacer eso. En el Alamey, cada que puedo, me tiro una pestaña sin que nadie me interrumpa, sin escuchar los gritos de los huerquetes, el sonido de la copiadora, ese olor a vidrio quemado que exhala a todas horas. Pero hoy no. Hoy me mandaron otra vez aquí. Jesús se me acerca con las llaves en la mano. Su mujer es muy guapa. Sandra. Varias veces ha venido por él y, qué suerte tiene ese desgraciado de Jesús. Sandra es un bonito nombre, se lo he dicho un par de veces. Un golpe de aire fresco, de hierba recién cortada se mete junto con las chamacas apenas se abre la puerta a las nueve de la mañana y tras él se mete un hilo de aire tibio, casi maloliente.
No me gusta venir a la biblioteca porque me recuerda la vez que me robé un libro. Trataba sobre mecánica. Si hubiera querido saber cómo jalaban los motores o el chiste de las bujías, ese era el libro indicado. Traía dibujos bien machínes de las partes del motor; explicaba cómo funcionan los embragues, las balatas y lo eléctrico. Casi al final había fotos de automóviles: un BMW, un Aston Martin, un Ferrari. Recuerdo la sensación de ir con el libro bajo el brazo y el miedo de ser descubierto. La señora que los cuidaba estaba vieja y siempre me trataba bien. Y yo le estaba robando. Me sentí excelente. Era como andar libre. Si podía robar eso, podía hacer lo que me diera la gana. Seguía bien contento cuando llegué a casa. Lo escondí bajo el colchón y era feliz al pasar sus hojas. Se lo presumí a los de la cuadra y todos se quedaban boquiabiertos apenas miraban las fotos.
Una tarde mi padre me descubrió cuando hojeaba el libro. A él nunca le ha había importado qué hiciera o dejara de hacer.
—¿Y eso?, ¿de dónde salió?
Aún no sé por qué le dije: "me lo robé”. Me llevó hasta la biblioteca. Aún me dolía el trasero por los cintarazos cuando lo devolví a la dependienta. Nunca estudié mecánica. Ahora cuido libros.
—Me siento roto por dentro —repite Jesús—. Algo se me rompió, siento como si se me hinchara algún nervio.
—No chingues, huey —pero quisiera saber si lo que dice es verdad.
—Mira, cala —y se lleva la mano al vientre.
—No chingues.
—Aquí tengo una bola.
No quiero tocarlo.
—Buen madrazo te diste. ¿A poco Sandra no se dio cuenta? Ya no cojan así.
El mierda ni se defiende. Cada cinco o más minutos entra o sale alguien de la biblioteca. Cada que pasan por el detector suena una campanilla. El sonido me cansa. Poco a poco el lugar se llena de gente. Algunos leen los periódicos, otros platican en los sillones. Al rato me mandan llamar.
—Mire, Julián, este chamaco estaba rayando las mesas.
El huerco está todo asustado cuando Patricia me lo entrega. Pinche huerco meco. Nada más de imaginar el calor que se siente fuera de la biblioteca me hace odiarlo más. Patricia nos deja solos mientras va por la directora.
—¿Para qué me arruinas el día? Chingao con ustedes. Nada más saben hacer destrozos. Vienen al mundo nada más para romper algo.
Me quedo en la oficina de la directora mientras le llaman la atención al chamaco. Le dice que yo lo puedo castigar y que no entiende por qué destruyen los muebles que son para ellos.
—¿Y usted qué piensa, Julián? —me pasa el pleito la directora.
—Estos chamacos nacen con pura violencia, licenciada, con perdón de usted, como si la mamaran de la teta, es lo primero que aprenden y no sirven para nada, eso es lo que pienso.
Cuando regreso a la puerta principal, noto a Jesús con un aire de mortificación. El sol ya está en su punto pleno. A veces, cuando hace mucho la temperatura, sale en el periódico que es tanto el calor que se pueden cocer huevos en la tapa de los autos. Hoy es uno de esos días.
—¿Todavía te duele? —quiero jugar un poco con Jesús.
—Nada más tantito.
—Dile a tu mujer que te dé unas sobadas —y cómo quisiera que me las diera a mí.
Después de la hora de la comida me acuerdo del libro de mecánica. Era un buen libro y yo me sentía muy bien con él bajo el brazo mientras corría lejos de la biblioteca de la colonia. “Voy a estudiar mecánica”, pensaba. Pero no estudié. En segundo me salí de la secundaria y me fui a ayudarle a papá en la venta de legumbres. Un día me harté de él y lo dejé. Un compa falsificó mi diploma de la secundaria, otro me metió a la seguridad privada y el jale se hizo. No ha pasado mucho de eso pero ya a mis veintiséis siento que he visto toda la vida: todo es lo mismo, nada cambia.
—Se me antoja una chela —le digo a Jesús pero no me responde.
Lo veo fregado, ahora sí le noto el desvelo.
—Pareces cadáver —le digo para asustarlo un poco más y el mierda sonríe y me enseña los dientes.
A veces, para matar el aburrimiento, tomo algunos libros, los que traen fotos de la segunda Guerra Mundial y me quedo viendo los montones de muertos, los tanques destruidos y el chapuzón que hacen los aviones al chocar contra el mar y me imagino a mí mismo tirándome a una piscina. Pero hoy ni eso. Ni nada.
A eso de las cuatro, Jesús finalmente se rompe. Ahora sí. Se rompe. Suda copiosamente y me mira con ojos de súplica pero nada sale de su boca cerrada, de sus labios resecos.
—¿Pues qué te traes? —le digo cuando lo veo llevarse ambas manos al vientre y soltar la macana y resbalar por el muro hasta que Jesús se sienta en el piso y suelta el primer quejido y después otro y uno más grave que llama la atención de los estudiantes y de Patricia. Jesús jala aire como mujer a punto de dar a luz mientras comienza a desabrocharse el cinto y deja al aire la cintura, una bola en el costado con una coloración amarillenta.
Ahora sí se la aprieto y Jesús suelta un grito de dolor. Ya he visto antes esa enfermedad: te come de una mordida. Corro con Patricia, voy con Marcelino. Les digo que Jesús se nos está muriendo. Llaman a la ambulancia.
—Órale, ándele, déjenlo respirar —regaño a los mirones aparentando autoridad e intento ahuyentarlos pero el grupo se hace más fuerte.
Viene la directora y me dice que lo lleve a la salida trasera. Lo llevo casi a rastras hasta que después vienen otros policías y entre todos lo cargamos para sacarlo de la biblioteca. Jesús es un manojo de miedos cuando finalmente llega la ambulancia.
—Avísale a mi mujer —me dice cuando los paramédicos se lo llevan y la ambulancia parte con una sordina chillante.
Cuando termina mi turno veo que las cosas de Jesús siguen en su locker. “Avísale a mi mujer”, me pidió, pero la directora fue quien le llamó y le dejó recados a Sandra diciéndole en qué hospital iba a estar. Pero veo las cosas de Jesús y las tomo.
Llego a su casa entrada la noche. Unos chamacos juegan al futbol y la calle huele al chorizo que cocina alguien. Distingo la casa de Jesús. Hace mucho que no vengo. La última vez fue a una carne asada que hizo para festejar a su niño mayor. En ese entonces Sandra se puso un poco pesada conmigo. No le gustaron mis palabras, ni mis intenciones. Toco a la puerta y no sale nadie. Espero unos minutos, me asomo por las ventanas y estoy por irme cuando un taxi se detiene y Sandra baja de él, llevando al niño menor en brazos. Se pone a la defensiva apenas me ve.
—¿Qué haces aquí?
—Nada más.
—Al rato llega Jesús, es mejor que te vayas.
La descubro intranquila, sudorosa. Qué daría por oler el sudor entre sus pechos o en sus corvas. Los niños entran y Sandra se queda a la defensiva.
—Nada más vine a decirte que sigues estando muy chula.
Pero no me responde. Da la media vuelta y antes de irse le toco el codo y le digo:
—En serio, sigues estando muy chula.
Sandra se suelta e intenta darme una cachetada pero la esquivo. Después escupe y casi puedo sentir otra vez los cintarazos que papá me dio cuando halló el libro bajo la cama y cómo le brillaron los ojos cuando vio el esquema del motor, como si por un momento también él sintiera esa cosa viva que era un carro o tener una vida con ilusiones o…
—Le voy a decir a mi marido cuando vuelvas.
Su marido. Sandra se mete a su casa y yo espero. Pienso entonces, no sé porqué, la tunda que me dio mi padre al regresar de la biblioteca. Yo pensaba que ya la había librado pero papá se quitó el cinto al llegar a casa y se me quedó viendo con odio, con un calor inexplicable, con una mirada ardiente de la que no se puede esconder uno ni bajo la sombra de un árbol.
—Eres un jodido ladrón —repitió mientras me golpeaba.
Sus palabras se quedaron en mis recuerdos como una cicatriz, una protuberancia, algo roto por dentro. “Jodido ladrón” pienso cuando escucho ahora sí, la conmoción dentro de la casa. Sandra ya se enteró. No tarda en salir con el apuro en el rostro, lanzándome una mirada larga, llena de coraje, una mirada similar a la mi padre aquella vez, una mirada que me abre, me rompe, destaza mis huesos, que poco a poco deja al descubierto que estoy roto por dentro, no de los huesos o las vísceras, sino un espacio que no se sabe dónde encontrar dentro del cuerpo, lleno de alguna oscuridad extraña, pero al instante me repongo, como me repuse de aquella golpiza, como me repuse de la primera vez que Sandra se negó.
—Yo te puedo mantener —alcanzo a lanzarle mi oferta pero ella no se detiene ante mis palabras.
La veo alejarse calle abajo con los niños tomados de las manos. Me quedo inmóvil hasta que Sandra aborda un taxi y se pierde en la noche. Sólo queda la puerta abierta de la casa. Y no sé por qué, pero entro.
Enviado por Kozameh el Jue, 31/07/2008 - 23:20.
Libro de mecánica
Libreta de Kozameh
• Inicie sesión o regístrese para enviar comentarios
- ¡Victorino! Me caí de la risa (MC)
hace 1 hora 43 mins - Es verdad . . .
hace 1 hora 53 mins - Gracias por el comentario
hace 1 hora 59 mins - si
hace 2 horas 2 mins - por error
hace 2 horas 2 mins - BM Para que alguien se enamore de tus palabras (MC)
hace 2 horas 33 mins - BM antes de hacer comentarios tan sugestivos (MC)
hace 2 horas 41 mins - Pida un poco más al trabajo que hace
hace 2 horas 47 mins - Ellos no mandan sobre el papel (aunque sea electrónico)
hace 2 horas 52 mins - chistorrin
hace 4 horas 35 mins
Lo único que te puedo decir es que gocé mucho tu cuento y creo que no hay nada más que comentar.
Gracias, me metí dentro de la historia como un personaje silencioso.
Saludos
Modesto Herrera
http://modestoh.bitacoras.com