Que ella empujaba un carrito oxidado lleno de libros por los pasillos de la única biblioteca del pueblo, cierto, y soplaba sobre sus portadas, viejas portadas, porque el polvo siempre puede dañar a un libro, porque había tomado un curso por parte de la dirección de bibliotecas y ahí, ya se sabe, le enseñaron las partes de un libro, sus cuidados, las ediciones, qué es un autor, qué es un editor, para que demonios sirve una editorial; no leía más que revistas de espectáculos y eso en ella era exquisito porque se tragaba todas las mentiras que uno pudiera decir: una ocasión llegué a decirle que el gobierno de la ciudad iba a recordar a Carlos Fuentes, nuestro escritor con dos premios Nobel de literatura, por sus ochenta años de muerto; inclinó la mirada y preguntó que de qué había muerto, y no sabes: bebía mucho (alcohol, se entiende) y además comía en exceso chocolates importados y palomitas de microondas; a partir de ese día siempre revisaba las etiquetas de los chocolates, o ya de plano cada quincena compraba cajas de Carlos V chicloso; se tragaba todas las mentiras y era estúpidamente deliciosa: no presumía de autores, o de obras, tampoco sabía anécdotas igual de estúpidas de si éste tomó café en el barrio latino de París con éste otro que después escribió esto, o si éste se acuesta con la mujer del otro, porque el primero tenía problemas de defunción eréctil y ella se apiadó del amigo de su amigo, o si éste le tiene envidia a aquel porque él está más guapito y luce mejor en las fotografías de las cuartas de forros, o porque se carga una vieja igual de buena que la de Carlos Fuentes (q.e.p.d.) cuando escribió aquel mamotreto de la Perra Nostra. Estúpidamente exquisita, iletrada y con las nalgas más hermosas de mi vida. Sus tres características principales. Todo frente a ella era nuevo y por todo guardaba silencio, o abría la boca bien abierta y preguntaba: ¿a poco?
Otra ocasión llegué a la biblioteca sólo para decirle que el próximo sábado organizaría una fiesta en honor a mi gran amigo Calderón de la Barca, ¿así se llama?, preguntó, sí, es un nombre medio raro, ¿no crees?, pero a sus padres les dio por poner nombres raros a los hijos: figúrate que el menor de los tres hermanos se llama Lope de Vega, y el tercero, por cierto el mayor, se llama Miguel de Cervantes, bueno, Miguel pasa, ¿no?, dijo ella. Accedió a ir a la fiesta y al llegar a mi casa lo primero que hizo fue preguntar por los invitados. Ah, ¿los invitados?, no te preocupes, ya no deben de tardar, y no llegaron e hicimos el amor durante toda la noche; en una de esas, se levantó desnuda, encendió un cigarro, caminó hasta mi librero y lo revisó, ¿también escribe?, preguntó con un ejemplar de Fuente Ovejuna entre sus manos. Dije que sí: ya sabes, yo sólo me junto con gente inteligente.
Al llegar a la biblioteca la noté más hermosa que nunca con el cabello suelto y esa horrorosa bata blanca que se ponía cada que acomodaba los pocos libros en los deteriorados estantes.
-¿ A que ni sabes con quién acabo de platicar?
Nada en ella me interesaba y, sin embargo, pregunté más por compasión que por una verdadera curiosidad.
- Pues a Jorge Luis Borges.
Lo primero que pensé fue que se estaba quedando loca, que tanto polvo de las portadas de los libros comenzaba a afectarle; ella interrumpió mis pensamientos.
- Ay, pobrecito, ¿sabes qué me pidió?, si me podía agarrar poquito las nalgas. ¿Tú lo conoces?, dicen que es bien inteligente, ¿verdad?, mira: me dedicó este libro (un tratado de Biología para sexto año de primaria). Vi la firma: para mi amiga, con todo cariño, Jorge Luis Borges (las letras chuecas, mal hechas, como de niño que comienza a escribir), ¿verdad que escribe bien feo?, el pobre está cieguito, yo creo que es por eso...
Antes de salir de la biblioteca le pedí prestado el libro de Ficciones. Iba a comprobar si Jorge Luis Borges había salido de su tumba y estaba de paseo por ese miserable pueblucho que con trabajos contaba con una biblioteca a punto de caerse. Y luego lo de dejarse agarrar las nalgas, ¿en qué demonios estaba pensando?, ¿cómo es posible que no sepa que Borges está tres metros bajo tierra?, alguien me pidió permiso para pasar, me hice a un lado y junto a mí avanzó un ciego con bastón; lo alcancé y lo detuve por el hombro, ¿así que tú eres Jorge Luis Borges, estimado?, tardó en contestar, o bien tardó en encontrar una respuesta adecuada; no contestó, guardó silencio y en su rostro apareció una sonrisa franca, una sonrisa amable (y en esa sonrisa casi descubrí que seguramente él me había escuchado), una sonrisa propia del autor de Ficciones; puse en sus manos el libro (a ver quién se lo leía en voz alta), y me despedí: hasta luego, querido maestro Borges, mientras pensaba en darle a ella la razón.
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