El Cristo de los marineros

Frente a ella la soledad y acaso el sonido del ladrido de algún perro; las llaves bien abiertas y el aire que parece comprimirse y ahogarla dentro de la pequeña habitación; mira a un lado de la alacena la imagen de un Cristo crucificado y encomienda su alma, mientras suspira en el ardor de sus ojos y sus pulmones; sabe que pronto habrá de llegar y abrirá la puerta, un paso, luego el otro, mirada turbia, y ha aprendido, a fuerza de golpear la mesa del comedor con los dedos, tamborileando, a contar cada minuto hasta que él regresa; entonces se prepara (o al menos así lo cree ella): piernas pobladas por cicatrices y rasguños; piel reseca que se abre frente a otro tipo de cicatrices, éstas incluso invisibles, porque sabe que existen, y su madre lo advirtió: estas cicatrices que nadie ve pero que llevas por dentro, cicatrices para las que no sirve ninguna pomada, ni ningún medicamento. Un vestido negro brillante con botones al frente cubre su enflaquecido cuerpo, y una sonrisa aparece pintada a medias sobre un rostro que más bien se adivina triste; un cabello igual de negro pero opaco enredado con el alambre de algún paquete de pan, eso cuando todavía compraban pan.

II

Maldice su vida porque sabe que es la única forma para seguir de pie; frente al jefe y la puerta de la oficina abierta y escuchar los mismos regaños de siempre, en esa voz que parece gorilear en un interior hueco y vacío como panza de tambor; aprieta los puños porque sus dientes ya no resisten, porque la cita anterior con el dentista dijo que debía cuidarlos, mucho cuidadito con ellos, eh, ya los ha maltratado lo suficiente; y quisiera levantarse de la silla, pararse frente al gorila de traje y escupir en su cara; no lo hace: ya se sabe: sólo lo piensa e inmediatamente borra el pensamiento de su mente, porque ha aprendido a sobrevivir olvidando, enterrando. El jefe Domínguez abre los ojos, se echa para atrás en la silla (una silla casi presidencial), regresa a su posición original, entrelaza sus finos y delgados dedos (manicura incluida en estética fina), una ligera brisa levanta algunas de las canas que ya pinta arriba de las orejas, y dice, así, gorileando, con la paciencia de un sabio:

- Sr. Martínez: lamentó darle la noticia...

Seguro que por fin se va a atrever el infeliz, piensa mientras mueve la cabeza más por obediencia (como los perros mueven la cola) que por entender las palabras del fabuloso y sensacional Jefe Domínguez.

- Me es muy penoso para usted...

III

¿La vida?, ¿sabes acaso tú lo que era mi vida?, la figura de Cristo está entre sus manos y sobre su cabeza cae un aguacero de lágrimas. ¿Sabes lo que fue nuestra vida?, ¿acaso lo entiendes?, alguien aseguraría que ella parece estar hablando con Cristo, pues los gestos que hace cada que pronuncia una palabra son como cuando sí hablas con alguien, como cuando en verdad esperas una respuesta de tu interlocutor. Aprieta el cuello de Cristo y quisiera romperlo en mil pedazos; no lo hace porque sabe que está mal, o no lo sabe pero lo ha escuchado del padre en la misa de los domingos, o ni siquiera lo ha escuchado pero no cualquier católico responsable rompe así, nada más porque sí, una figura de Cristo, ¿verdad? Talla repentinamente sus ojos y cuando quita la mano alcanza a ver la cabeza de Cristo pero ahora ligeramente borrosa, nebulosa, como si fuese un Cristo de marineros que se encuentra en el fondo del mar, como si ella fuese sirena. ¡Cabrón!, grita frente al cuello apretado de Cristo.

IV

Por debajo del escritorio juega con sus pies; jefe Domínguez lo mira fijamente y él decide, arrebatado por un impulso, quitarse ese zapato que le viene dando tantas molestias desde que comenzó la temporada de lluvias y el zapato parece hipopótamo tragando agua por lo descosido de enfrente; el jefe Domínguez frunce el ceño y pregunta: ¿qué huele?, él regresa el pie a hipopótamo mientras se apena por ser el causante de ese apeste; Julia lavó apenas ayer los calcetines y amanecieron mojados.

- Dígame, Sr. Martínez... ¿usted tiene esposa, verdad?

V

Si pudiera vestir a Cristo con otras ropas le pondría un traje de gala, quizás un smoking; pero en cuanto quiere arrancar ese feo atuendo se queda con los dedos manchados de yeso; hace preguntas a Cristo y desde lejos es como si en verdad estuviese platicando con otra persona, como si hablara sola, por lo menos, y hablar solo siempre es hablar con alguien. Abajo del mar, el Cristo de los marineros: es como si sus ojos se abrieran quitando ola tras ola, ola tras ola, y como si su punto final se alejara en cuanto siente que se acerca. Cabrón, repite y siente que su garganta se abre mientras un latigazo de ardor recorre garganta, traquea, estómago...

VI

Julia es mi esposa, pendejo, es lo que quiere contestar y mueve la cabeza para decir que sí: se censura moviendo la cola frente al entrenador.

- Ah, Sr. Martínez, debe ser usted muy feliz, ¿verdad?

Sí, sí, hijo de la chingada, si la felicidad es vivir en un barrio miserable, comer una vez al día y trabajar horas extras para comprar calcetines, piensa nuevamente y otra vez se censura; a otros compañeros del trabajo les sucede lo mismo: oficina de la censura, bautizan la oficina del jefe Domínguez.

VI

Sus movimiento son torpes, torpes y cae al suelo abrazando la imagen de su Cristo de los marineros mientras sigue ahora susurrando con él y le exige respuestas, como si en verdad estuviese hablando con alguien; rueda hasta una de las patas del comedor, ligeramente su vestido negro se alza y una de sus piernas queda desnuda frente a la única ventana perfectamente cerrada con cinta canela. Intenta abrir lo ojos y no puede; el ardor en su garganta es ahora más intenso y aun cuando tiene ganas de vomitar no podría levantarse e ir al baño

VII

Quiere salir de ahí, quiere irse a casa y ver a Julia: decirle que todo va a estar bien, que ya no van a pelar más por tonterías (aunque él sepa bien que no son tonterías), quiere decirle que ella de ninguna manera es un estorbo en su vida, porque sabe que a veces dices cosas que lastiman, y luego las quieres corregir, y algunas veces es demasiado tarde, pero él intuye que Julia lo va a perdonar como en otras ocasiones porque así ha sido en los cinco años que llevan de casados. Y el jefe Domínguez toma sus manos y él piensa que es maricón, que seguramente le va a tirar ahora la onda y le va a decir que si quiere un aumento se tiene que empinar ahí, frente al escritorio... y el Jefe Domínguez menciona a Julia (dice su nombre y él se sorprende) y da el más sentido pésame.

Y rompe en llanto, mientras el señor Domínguez lo abraza dentro de la oficina.

VIII

Va nadando. Por momentos flota y avanza pataleando. Las olas empujan su cuerpo y ella siente el aire fresco del mar en el rostro. Se hunde. Abre los ojos y su mirada se torna borrosa, borrosa, borrosa, mientras su interior explota y su cuerpo intoxicado por gas queda vencido, así, frente al Cristo de los marineros.

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