Lo que ustedes están a punto de escuchar sucedió hace cientos, miles de años, y sucedió en tierras ignotas ocultas por las sombras e ignoradas por la luz del sol hasta que afortunadamente ocurrió una deceso. Cierren los ojos, ¡listos!, sucedió que un día un Emperador amaneció más aburrido que de costumbre: aburrido estaba ya de sus incontables riquezas, monedas de oro, tesoros ocultos en los sótanos del palacio, joyas cubiertas de piedras preciosas, y por supuesto del poder: sus deseos eran órdenes y aquel que se atreviera a rebelarse era colgado en algún árbol a las afueras del reino, para que así sirviese de escarmiento a todo aquel que osaba profanar su poder; no había Dios ni nada, pues este Emperador era tan poderoso que a partir del primer día de su reinado decidió revocar el mandato de Dios, y aquel que osara pronunciar su nombre, así fuese a escondidas, sería acusado de hereje y quemado en una de las tantas hogueras que con tal fin fueron encendidas a las orillas del reino; una vez que los herejes eran quemados, el Emperador se proclamaba aún más poderoso que cualquier Dios y cualquier reino de los cielos.
Sin embargo, aquella mañana fue distinta para nuestro Emperador porque lo primero que hizo al levantarse fue verse en un espejo de increíbles dimensiones localizado en su habitación también de increíble dimensiones. Se vio y en su mirada apareció por primera vez la tristeza, o lo que él suponía como tristeza, ya que ciertamente nunca había experimentado sensación igual. Una vez más: tristeza en ese espejo que reflejaba toda su figura. De cuerpo escuálido y cubierto por una bata de terciopelo roja, en su abundante cabellera revuelta ya pintaban algunas canas. Desilusionado, nuestro Emperador regresó a la cama y a sí mismo se dijo que dormiría todo lo que restaba del día; no obstante, pronto tocaron a la puerta y una voz al otro lado preguntó: ¿se le ofrece algo, Emperador? Y moviendo sus piernas como si estuviese bajo el agua, pero en la cama, otra voz enérgica sonó dentro de la habitación: has reunir a todos los hechiceros del pueblo y que los soldados los traigan ante mí.
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Con las manos sucias, los brazos sucios, un rostro igual de sucio y dentro de una choza desarreglada donde apenas destacan una olla de sopa en una fogata casi extinta, una mujer que sopla hincada a la fogata, y tras de ella dos niños de figurita delgada casi de barro, esperando la chingada hora en que su madre coja los platos y ponga algo de sopa en ellos, pues las tripas rugen dentro de esa choza, mientras el padre de familia, con las manos sucias, los brazos sucios, un rostro igual de sucio atiende la desesperación tanto de sus hijos como de su esposa (ahora ella tose frente a las mariposas de tizne) y pide al señor, es decir a Dios, por un milagro, aunque lo hace en voz baja, por supuesto, pues tonto no es y sabe de las advertencias que han hecho por órdenes del Emperador. Hechicero es nuestro amigo aun cuando de un tiempo a esta parte ya pocos recurren a sus servicios, pues conocido es como un hechicero de los más charlatanes, que engañan a los demás con cuentos aprendidos en quién sabe cuáles libros de quién sabe cuáles bibliotecas (algunos aseguran que él conoce la biblioteca del Diablo); y aunque los demás dudan de sus capacidades él, por el contrario, posee un secreto que ha decidido llevarse a la tumba y que aprendió después de que un conjuro salió mal y en lugar de convertir a un conejo en murciélago, apareció una cabra que anduvo correteando durante varias horas hasta que se detuvo en lo alto de la montaña, frente a una cueva, donde nuestro amigo entró y aprendió el secreto, es decir: se enteró de él; y si piensan ustedes que hace mal en ser pobre incluso cuando sabe dicho secreto, y cuando bien utilizado podría obtener ganancias, lo cierto es que como dijimos tonto no es, y más tardaría en decirlo en que lo pondrían en una de las hogueras junto con su familia, ¡eso nunca!, mejor la pobreza y pedir a Dios... en silencio.
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Lo que se sabe de los soldados del Emperador es que son más bien deficientes y torpes, e incluso en cuanto entran por las calles del pueblo los niños los corretean, juegan con ellos, se les suben a los hombros, jalan los mangos de sus oxidadas espadas y cosas por el estilo. Así, una vez que reunieron a todos los hechiceros en la plaza principal del pueblo, no faltó un niño bromista que dijo a uno de los soldados que faltaba el último de los hechiceros, el mejor de todos, y creyendo en las palabras del niño el soldado acudió a una humilde choza, tocó a la puerta y dos brazos sucios, junto con dos manos y un rostro aparecieron frente a él que tallaba con insistencia sus ojos mientras las mariposas de tizne volaban por ahí.
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En realidad no eran muchos los hechiceros, pues los que no habían muerto ya, habían escapado a otros pueblos, mejores, sin duda, donde se les dejaba practicar desde magia blanca hasta la más ruin de las magias negras. Una vez que los hechiceros estuvieron frente al Emperador, obviamente no en su alcoba sino en uno de los patios del reino, éste, luego de examinarlos cinematográficamente de arriba a abajo, caminando de allá para acá, arrastrando una larga capa del mismo terciopelo que la bata, preparó la voz que utilizaba para dar órdenes y dijo:
- Lo que necesito de ustedes es que encuentren el elixir de la eterna juventud.
La mayoría de los hechiceros se miraron entre sí y guardaron silencio. Sí, aquello era una locura más del Emperador seguramente sacada de uno de los tantos libros de su biblioteca. ¿Elixir de la eterna juventud?, ¡pamplinas!, pensaron los hechiceros, ningún tipo de magia alcanza para tanto y ningún hombre, por poderoso que sea, puede llegar a ser inmortal; no obstante, un viento frío recorrió sus cuerpos desde la punta del dedo gordo hasta la cabeza, algunos ya con escaso cabello, por cierto, cuando uno de los hechiceros dio un paso al frente, hizo una reverencia y dijo:
- Bajo otras circunstancias, Emperador, no me atrevería a rebelarlo; sin embargo, dado que usted quiere obtener la gloria de la inmortalidad he de decirle que yo poseo dicho secreto...
Cambio el semblante del Emperador y al parecer abrió más los ojos después de sujetar al hechicero por lo hombros y exigirle más sobre aquel secreto.
- La inmortalidad es propia de... de... ¡Dios!
Apretó la mandíbula más el Emperador, pues su rabia comenzó a inflarse como un globo, ¿de Dios?, ¿quién demonios era ese Dios al que hacía referencia aquel desgraciado?, ¡Dios todo poderoso soy yo!, gritó el Emperador, desenvainó su espada y justo estaba ya el metal surcando el aire para cortar la cabeza del hechicero cuando se detuvo... ¿De qué diablos me estás hablando?
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Para el hechicero era fácil y sin embargo procuró no dar a conocer todo su secreto: puesto que tanto Dios como el Diablo eran inmortales aun sin tener una pizca de vida, lo primero que tendría que hacer quien anhelara alcanzar dicho estado era morir para que así su espíritu permaneciera con vida hasta alcanzar la inmortalidad, ¿cómo lo supo?, ¡fácil!, frente a la cueva, la cabra había adquirido la habilidad de hablar, o al menos la habilidad de darse a entender, y le confío tal secreto con la única condición de que la dejara seguir con vida, luego el hechicero entró a la cueva y sí, efectivamente, conoció dentro la biblioteca del Diablo (afortunadamente éste no se apareció, pues ocupado andaba en otros asuntos) donde disfrutó mucho de la lectura de un libro antiguo titulado Anatomía de los sueños, de autor anónimo, y de donde, por cierto, había aprendido incluso la receta para acabar con el poder, al menos con el poder terrenal.
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Cuando el hechicero tuvo la pócima, es decir, la receta, entre sus manos se acercó al Emperador y éste, crédulo, seguía preguntando acerca de la inmortalidad, que si dolía, que si le iba a ir bien, que si su piel también llegaría a estirarse, en fin: cientos y cientos de preguntas que jamás, pasados los años, encontraron respuestas, pues cuando bebió la pócima de labios del hechicero cayó muerto, envenenado por el líquido que con tanto entusiasmo preparó el hechicero.
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A partir de ese momento todos creyeron en las palabras del hechicero: así como Dios y el Diablo, el Emperador no había muerto, había pasado, eso sí, al estado único de la inmortalidad.
Desde entonces, todos en el pueblo recuerdan a su Emperador, y año con año incluso celebran una fiesta en su honor, limpiando con esmero cada una de sus monedas de oro, cada una de sus joyas, de sus incontable tesoros, los cuales nadie se lleva, pues saben bien, por palabras del hechicero, su dueño sigue con vida, alcanzando ya la inmortalidad.
Amigo Demiricuos:
Aunque el texto se desarrolla en el trilladísimo y conocidísimo lugar común de la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, casualmente en la mayoría de los casos por magnates y poderosos y coincidentemente también ante la angustia de ver marchitar la flor de la juventud, recurriendo al conocidísimo truco del cónclave de hechiceros (buenos, malos y regulares), es el ingenio del último capítulo el que salva la historia que deja además una cierta moraleja.
Como se ha sugerido en este espacio, un poco de reposo y una revisada a detalles no le vendrían mal, espacialmente sabiendo que el autor tiene tablas en esos menesteres.
Algunas observaciones / sugerencias:
Noto la repetición de palabras con mucha cercanía, como por ejemplo:
"Lo que ustedes están a punto de escuchar sucedió hace cientos, miles de años, y sucedió en tierras ignotas ocultas por las sombras e ignoradas por la luz del sol hasta que afortunadamente ocurrió una (¿error de dedo?) deceso. Cierren los ojos, ¡listos!, sucedió que un día un Emperador amaneció más aburrido que de costumbre: aburrido estaba ya de sus incontables riquezas, monedas de oro, tesoros ocultos en los sótanos del palacio, joyas cubiertas de piedras preciosas, y por supuesto del poder: sus deseos eran órdenes y aquel que se atreviera a rebelarse era colgado en algún árbol a las afueras del reino, para que así sirviese de escarmiento a todo aquel que osaba profanar su poder; no había Dios ni nada, pues este Emperador era tan poderoso que a partir del primer día de su reinado decidió revocar el mandato de Dios, y aquel que osara pronunciar su nombre, así fuese a escondidas, sería acusado de hereje y quemado en una de las tantas hogueras que con tal fin fueron encendidas a las orillas del reino; una vez que los herejes eran quemados, el Emperador se proclamaba aún más poderoso que cualquier Dios y cualquier reino de los cielos."
En el primer párrafo habla de "un emperador" o de "este emperador" y a partir del segudo decide adoptarlo y ya es "nuestro". En una opinión muy personal, creo que el uso del "nuestro" le quita mérito al texto (pero repito, es opinión muy personal)
"- Bajo otras circunstancias, Emperador, no me atrevería a rebelarlo; sin embargo..." ¿rebelarlo de rebelión o revelarlo de revelación?
Al final del último párrafo, siento que falta un qué: "... los cuales nadie se lleva, pues saben bien, por palabras del hechicero, que su dueño sigue con vida, alcanzando ya la inmortalidad.
Y algunos acentillos por ahí...
Salud y saludos
Ponciano