No están ustedes para para escucharlo, ni yo para contarlo, pero necesito decírselo a alguien, porque es algo que me inquieta.
El viernes en la tarde salí con destino a la ciudad donde ahora me encuentro acompañado de dos de mis colaboradores para realizar unos trabajos en la planta de un cliente, que debido al puente del día de muertos, suspendió labores productivas y era la ocasión propicia para ejecutarlos.
Llegamos en la noche y nos instalamos en un hotel, cenamos y nos fuimos a dormir. Notamos que estaba haciendo un frío de regulares proporciones. A la mañana siguiente el frío seguía instalado en el mismo sitio pero un poco más helado. Luego de desayunar, nos dirigimos a la planta que estaba a cinco minutos de distancia en automóvil.
Entramos a aquellas instalaciones: una amplia nave industrial que cruzamos casi hasta el extremo opuesto, atravesando entre bandas transportadoras de frascos y latas, transportadores aéreos que cruzaban por encima de nuestras cabezas, máquinas envasadoras, etiquetadoras y empacadoras, tanques de todos tamaños y una maraña de tuberías y cableados eléctricos. Un silencio casi sepulcral y el frío de aquella mañana le daban un aspecto muy peculiar a ese espacio que yo conocía en plena actividad.
Daba la impresión como si de un momento a otro fueran a aparecer de entre la maquinaria, la tuberías y la bruma aquellos cientos de empleados fantasmagóricos enfundados en batas u overoles blancos, tocados con una cofia y un tapabocas también blancos, moviendose frenéticamente de un lado a otro dentro de aquel que semejaba un parque de diversiones, con tiovivos, montañas rusas, ruedas de la fortuna y ciclones.
Al acercarnos al área donde íbamos a trabajar, colindante con un patio exterior y por lo tanto casi a la interperie, se fue develando una gruesa capa de neblina, muy acorde con la época. Un rato después comprobé que ésta no se debía al frío, sino porque habían fumigado. Un poco más tarde, cuando aquella nube ya se dispaba, me empezó a doler la cabeza de forma extraña e intensa, así que luego de verificar que mis colaboradores se encontraran bien, los dejé trabajando y salí a buscar una farmacia para comprar algún medicamento contra la jaqueca. Luego de tomarlo, me sentí aún más mal, por lo que regresé a descansar un rato al hotel. A partir de ahí sólo recuerdo haber tenido toda clase de alucinaciones y pesadillas.
Desperté cerca de las dos de la tarde y más por responsabilidad y solidaridad que por ganas, fui por ellos para ir a comer porque no había algún sitio dónde hacerlo en las inmediaciones. Los dejé de regreso después y volví nuevamente al hotel para intentar dormir otro rato. Durante la tarde fue la misma historia: alucinaciones y pesadillas hasta la noche, que los recogí y los dejé cenando, porque ni de eso tenía yo ganas.
Pasé una noche francamente mala, con escalofríos y seguramente fiebre, mientras la cabeza seguía dándome vueltas. Al día siguiente amanecí en pésimas condiciones y exceptuando la neblina, se repitió el malestar y los efectos del día anterior. Pensé en acudir a un médico, pero entre estar en una ciudad que no conozco, la sensación de estar dentro de un sueño con una capacidad de raciocinio disminuida y el hecho de ser domingo y puente, perdí las esperanzas aún antes de tenerlas. Ni siquiera hice el intento.
Dentro de ese estado alterado y extraño en el que me encontraba, llegué a una triste conclusión: ¡tengo ADN de cucaracha!
Hoy lunes, que ya es el tercer día, amanecí bien, como si nada hubiera pasado, solo un poco adolorido -supongo que se trata del típico "dolor de cama" por estar tanto tiempo acostado- y pude realizar mis actividades con toda normalidad. Mañana terminaremos los detalles aún faltantes y emprenderemos el regreso.
Al retornar, tendré que ir a ver al médico para que me revise... no vaya a ser que una mañana de éstas despierte siendo un Gregorio Samsa cualquiera...
La única ventaja si es que ésto resultara cierto y lo que algunos científicos afirman, es que en caso de una guerra nuclear, yo sería uno de los únicos seres que sobrevivirían.
También tengo la extraña sensación de que toda esta historia fue solamente una pesadilla y apenas es sábado.
Hola Ponciano,
Comparto el comentario de José Manuel, creo que daba para mucho más ya que la forma en que nos llevas por la “nave industrial” me hacía imaginar que llegaría una “nave espacial” o algo por el estilo. No me gusto nada el pequeño párrafo donde declara la voz narrativa la conclusión del ADN de cucaracha, se me hace un tanto burdo y le quita toda la fuerza y de alguna manera credibilidad al texto. También, el último párrafo sobre la pesadilla es bueno, le da sorpresa, pero se nota como metido con calzador.
Por si las moscas: ¡Cuidado con el Flit!
:)
Un abrazo,
noemkr
Amigo Ponciano: texto bien escrito, bien llevado, pero que puede explotarse màs durante los episodios de la cefalea, sobre todo las alucinaciones a que haces referencia. Si consigues reondear esa parte, que permita mezclar la realidad con la imaginación, la locura (por qué no?) o los sueños el final tendría un mejor sustento. Saludos (y si las cefaleas son reales, hay que checarse). José Manuel. es tan grande mi imaginación que a veces creo en mi propia existencia.