1
Uno a uno tanto los suicidios, como los cuerpos sin vida (luego de los suicidios, por supuesto), parecían multiplicarse por toda la ciudad, por sus calles, y cientos de cadáveres lucían cual péndulos de relojes malditos indicando con los movimientos de allá para acá la hora en que nadie entendía qué carajos estaba pasando con la gente, por qué se estaba suicidando sin motivo alguno.
Y como los suicidios parecían no tener remedio fue el señor gobernador, tipo bajito, calvo y de bigotito en forma de arillo ya más bien blancuzco, quien en un arranque de desesperación decretó una ley que prohibía tajantemente el suicidio, así, si a alguien se le ocurría optar por tal solución sería consignado a las autoridades correspondientes para, una vez privado de su libertad, aplicarle todas las medidas necesarias con la única finalidad de que volviera a experimentar la emoción de vivir; de ser necesario, se recurrirían a libros de superación personal, arreglos florales, citas bíblicas e incluso se pensó contratar a un famoso payaso italiano del que aseguraban mataba de risa. Y si bien lo anterior parecían nobles acciones por parte del señor gobernador, lo cierto es que lo hacía más por salvar lo poco que quedaba del electorado, pues al año siguiente serían las elecciones, y hasta antes de que iniciaran los suicidios el brillo de la reelección aparecía en la mirada más bien chistosa del gobernador. Sin embargo, como era de esperarse, dicha ley sirvió de poco, ya que al paso de los días los cadáveres siguieron apareciendo, generando ya un hedor insoportable, acompañado de nubecillas negruzcas de moscas apiladas sobre la carne en descomposición, con los posibles riesgos de una epidemia, ya que los responsables de los servicios de limpia también se habían suicidado y en realidad eran pocos (al menos de los que aún quedaban con vida) los que se ofrecían como voluntarios para recoger con palas los cadáveres de las calles e intentar espantar las miles y miles de moscas que incluso parecían amenazar con formar su propia ciudad.
2
Proveniente de no se sabe dónde, acaso huyendo de la guerra que en un pueblo lejano se libraba a causa de la muerte del Emperador, en la entrada de la ciudad apareció una hermosa mujer envuelta en una atmósfera de misterio. Pasando de prisa por debajo de los cadáveres colgantes, y espantando con sus brazos los cientos y cientos de moscas, llegó hasta ella el señor gobernador y le preguntó su nombre:
- Soy la Tristeza.
Y fue tal la entonación que dio a cada una de sus palabras que el señor gobernador permaneció mudo. Entre los dos se hizo un silencio interrumpido, acaso, por los cientos y cientos de cadáveres mecidos con el viento y por el zumbar escandaloso de las moscas. Entonces la mujer dijo traer el remedio para terminar con los suicidios. Su hablar era lento y pausado, y en el fondo de sus ojos se adivinaba el brillo líquido de una luz distinta, algo opaca quizás, como si días atrás hubiera llorado mucho, o como si su mirada se encontrase irritada. ¿Tenía otra alternativa el señor gobernador? Pocos quedaban con vida en la ciudad, y de entre estos los había que a diario caían como moscas (perdón por la expresión), incrementando, así, el espantoso número de suicidios. Sin embargo, las palabras de la mujer fueron más bien confusas, pues dijo haber conocido la Biblioteca del Diablo dentro de la cueva en una montaña; ahí, continuó, tuvo acceso a los libros sobre hechicería negra, y en uno de estos (cuyo título no recordaba) había visto ilustraciones acerca de la pócima para poner fin a los suicidios.
Por supuesto, de los sobrevivientes, pocos, si no es que nadie, creyeron en las palabras de Tristeza; no obstante, como ya se dijo antes, en cada una de sus palabras había algo que animaba a tenerle confianza, o que animaba al menos a otorgarle el beneficio de la duda; además, si se mira con detenimiento se entenderá que tanto los sobrevivientes, como el señor gobernador, no tenían muchas opciones para elegir, y que cualquiera de ellas era preferible a su cadáver colgando de algún poste. Fue así que el señor gobernador le pidió preparar dicha pócima. Y cuando se le preguntó acerca de los ingredientes que necesitaba, Tristeza dijo necesitar únicamente una navaja de afeitar, la cual le fue proporcionada por el más barbón de los sobrevivientes, sabiendo, dijo, que es mil veces mejor no afeitarse que morir. Ella se alejó después de convocarlos para el anochecer. Lo que hizo después es hasta hoy un misterio.
3
Uno a uno los sobrevivientes fueron llegando junto con el señor gobernador. Permanecieron ahí por espacio de dos horas y de la Tristeza no se veían ni sus luces. Justo cuando estaban por regresar a sus casas y aguardar la sensación de suicidio, Tristeza apareció con las manos vacías. Todos se miraron entre sí creyéndose parte de una tomada de pelo y sin llegar a entender lo que sucedía.
El señor gobernador dio un paso al frente y preguntó a Tristeza por la pócima para acabar de una buena vez por todas con los suicidios. Repentinamente, por entre sus escuálidos dedos apareció la navaja de afeitar, y sin dar tiempo de nada hundió el filo en las pálidas venas de uno de sus brazos ante el asombro de los demás. Pronto, en un charco de sangre quedó reflejado el rostro atónito de aquellos que tuvieron el valor de acercarse a contemplar el cadáver, mientras las moscas presurosas se acercaban como llamadas a ser parte de un banquete. Resulta ridículo, tartamudeó el señor gobernador, que se suicide quien dijo traer la pócima para remediar los suicidios, ¿no creen? Todos guardaron silencio y lentamente regresaron a sus casas, aguardando el momento en que sintieran la tristeza que inevitablemente los conduciría al suicidio.
Y no sucedió.
Desde aquel día el suicidio quedó desterrado de la ciudad y al año siguiente el gobernador ganó las elecciones por una aplastante mayoría.
Gran texto, gran historia... y no hay más que decir. Indudablemente genial.
Por cierto, leyendo tus textos he notado que hay un recurso que usas bastante: el romper la "cuarta pared", para hacer anotaciones de disculpa, o irónicas o cualquier otro tipo de idea en la que resuene la voz propia del narrador y así interactuar un poco con el lector. Sin duda tienes un estilo personal muy bien definido.
Que tengas un excelente día.
Amapola
Si fuera Argentino, diría que está fenómeno, que es una linda historia, un texto macanudo, pero como no lo soy, diré que me gustó, es ingenioso, irónico, bien logrado y con buen desarrollo. El tipo de textos que mantiene el suspenso y por tanto los ojos pegados a la pantalla hasta el final. Felicidades.
Salud y saludos
Ponciano
Demiricuos: buen texto, se mantiene de principio a fin. Sòlo tengo duda si recoger los cadàveres con pala es metafórico o es con pala mecànica. Saludos. José Manuel. es tan grande mi imaginación que a veces creo en mi propia existencia.
Muy bien logrado y ademas de interesante, te deja pensando un buen rato, no hay mas remedio que darle matacran a la tristeza, nada mas que ya me dio pena la pobre.
Me gusto mucho, y no pude dejar de leer hasta terminar, te envuelve la lectura, hasta saber que demontres pasa jajajaja.
Saludotes.-
Zita