¿Trastornos infantiles u otras rarezas? (Parte 1)

“Los niños son los que más agradan a la locura. Pues,
¿de dónde proviene ese encanto irresistible que tienen
los infantes en sus primeros años de vida?.
Ese encanto se debe únicamente al atractivo de la estulticia.”
Erasmo de Rótterdam, "Elogio a la locura".

Para Carlos, a sus 5 años de edad, no había nada mejor ni que le gustara más que jugar con Efrén, quien, por lo que entendían mamá y papá, era su amigo imaginario.
Los lineamientos sociales de la época obligaban la estricta y rigurosa observación psicológica. Las constantes evaluaciones mentales eran algo de lo que nadie estaba exento. Así mismo toda persona, especialmente los padres y maestros, tenían la obligación de reportar cualquier anomalía de la conducta o comportamiento inusual. Por esta razón es que papá y mamá se apresuraron a contactar al psiquiatra, quien les dijo que era perfectamente normal que un niño de la edad de Carlos tuviera un amigo imaginario, y que era sólo una etapa que Carlos superaría pronto y por sí mismo. Aun así papá y mamá tenían sus reservas respecto al tal Efrén.

Ellos vivían en una casa amplia con un jardín grande, ubicada en un antiguo barrio de la ciudad. Tenía por lo menos unos 150 años de haber sido construida, eso había sido décadas antes del nuevo milenio, y es que mamá siempre había gustado de las cosas antiguas. Tiempo atrás, cuando compraron la casa, su nuevo hogar requirió de meses de remodelación y acondicionamiento; pintura, reparaciones diversas y arreglar el enorme jardín, el cual tenía dos árboles frutales y rosales que necesitaban ser podados, maleza que ser retirada y pasto nuevo que ser puesto. Había que rehacer todas las conexiones básicas de agua, gas y telecomunicaciones e instalar los paneles solares en el techo. También había que meter varios metros de fibra de vidrio para la disposición de apagadores de luz con comandos de código de voz entre otras cosas, incluyendo las placas de acceso digital a la casa con reconocimiento de huellas digitales. Nada fuera de lo normal de lo que cualquier casa del siglo XXI tenía. Además mamá quería muchas cosas nuevas en cuanto a la decoración. Cuando todo estuvo listo mamá y papá se fueron a vivir ahí con su pequeño hijo de entonces sólo 3 años.

Pese a lo bonita que había quedado la casa, a Carlitos no le gustaba; las primeras semanas se despertaba en la noche diciendo que tenía malos sueños. El psiquiatra aconsejó a sus preocupados padres que lo mejor era demostrarle que la casa era segura y que procuraran no mimarlo demasiado, pues era importante que el pequeño no creara algún tipo de dependencia a la compañía de sus padres basada en el miedo, sino que aprendiera a superar esa clase de temores infundados hacia su nuevo hogar. Con el paso de los meses el pequeño comenzó a dormir mejor, sin embargo esporádicamente Carlitos tenía sueños sobre un niño al que le pegaban.

Carlos fue inscrito al colegio. Su diagnóstico psicológico de admisión describió a un niño con una gran imaginación, sensibilidad, carácter extrovertido, pero con cierta tendencia a la timidez; inseguridad e impulsividad bajo presión y un poco de déficit de atención debido a una propensión latente a la excesiva imaginación. Coeficiente intelectual dentro del rango medio alto. El niño, como muchos de sus compañeritos, sabía su diagnóstico, pues era importante que cada persona desde la infancia conociera sus fuerzas y debilidades. No obstante, para Carlitos, al igual que para muchos niños, todo esto no eran sino un conjunto de palabras sin mucho sentido del todo a las que estaba acostumbrado. Las observaciones durante clase y juego revelaron que se desenvolvía normalmente.

En la escuela gustaba de jugar con sus amiguitos, en casa jugaba solo con el perro robot que le compró papá cuando cumplió 4 años. Fue por esa época que comenzó a jugar con Efrén. Al principio, Carlos pasaba sus horas libres únicamente dentro de la casa alegando que no le gustaba el jardín, entonces papá hacía una mueca, pues arreglar el jardín le había costado mucho dinero. Poco a poco Carlos fue aventurándose al jardín, cada vez un poquito más, hasta que un día mamá lo encontró riéndose solo, sentado en el pasto. Con el paso del tiempo lo veía correr del jardín a la casa, de la casa al jardín, saltar, reír y permanecer mucho tiempo jugando con su pelota o con el perro robot. En una ocasión lo vio cuchicheando como si compartiera su juego con alguien más a quien le enseñaba lo que hacía el perro, esto sorprendió mucho a mamá. Una tarde le preguntó:
-¿Carlos, estás hablando solo?
-No, mamá.
-¿Entonces con quién juegas?
-Con un amigo.
-¿Y dónde está tu amiguito?
-Ahí, parado junto a ti.
-¡Ah! –exclamó pretendiendo estar sorprendida mientras veía el aire, y vaya que lo estaba, pues ésta era una señal inequívoca de conducta irregular- ¿Y cómo se llama tu amigo?
-Efrén.
-¿No preferirías jugar con tus amiguitos de la escuela?
-No –replicó el chiquillo-, a ellos los veo en la mañana.

Mamá recibió esa noche a papá con la noticia de la extraña conducta. Al día siguiente Papá llamó al psiquiatra para concertar una cita. Este revisó a Carlos y les dijo que era normal por la edad de Carlos y por los cambios que estaba viviendo en la escuela. “Pronto pasará”, anunció. Y mamá y papá se dieron por bien servidos con esa respuesta.

(sigue en parte 2)

Amapola

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Saludos Amapola.

Me gusta tu historia. Es ágil y atrapa al lector. Espero la segunda parte.

Comparto comentarios anteriores de compañeros del taller con respecto a ubicación y tiempo. En general es atrayente tu texto que deja ver y sentir la magia de la lectura.

Hola:

Gracias por pasar por aquí. A ver si tengo tiempo de poner hoy más al rato la segunda parte, sí no lo haría hasta mañana en la mañana.

Saludos,

Amapola

Me gusta como va, bien escrito, quizà se utiliza mucho el nombre de Carlos, mamà y papà. Quiero suponer que las condiciones socioeconòmicas de padres les permite pensar en el llevar a su hijo al psquiatra, pero generalmente es el pediatra quien lo ve primero y quien sugiere el especialista que sigue. Pero, realmente eso es secundario, porque la historia està bien llevada; con las películas que he tenido que ver conb mis hijas, me hace recordar una cuyo nombre se me va. Pero te digo que, desde mi perspectiva, es muy cinematogràfica. Saludos. José Manuel. es tan grande mi imaginación que a veces creo en mi propia existencia.

Hola:

¡Oh por Dios! Es muy cierto. Tanto que nos decía la maestra en el taller al que antes iba, que tuviéramos cuidado con repetir mucho una palabra, incluso los nombres, para no quitarle fluidez al texto, y lo hice. En una chancita que tenga le doy buena peinadita para arreglar esto.

Saludos y gracias,

Amapola

¡Hola Amapola!

Estoy completamente atrapado por la historia. Me gusta muchísimo como la estás presentando y las situaciones que en ella se desarrollan. La casa, el mundo tecnológico, el rigor psicológico, como si se tratara de una sociedad perfecta.

Dos cosas, la primera es una pregunta: ¿Los niños de tres años pueden ya decir que tienen malos sueños? ¿Llegan ya a tal grado de conciencia? No lo sé, no me convence mucho, por eso pregunto. Y lo segundo es que me confunde un poco el cambio de Carlos por Carlitos y de nuevo Carlos. Como sugerencia, tal vez, habría que decidirse por uno.

Muchos saludos y quedo al pendiente de la segunda parte.

¡Sigamos escribiendo!
noemkr

Hola Noemrk:

Respecto a las pesadillas en niños. Yo me acuerdo que yo no iba al kinder y ya tenía noción de que a veces tenía ciertos sueños inquietos que me hacían llorar. Entonces mi mamá me abrazaba y me decía que no tuviera miedo a la pesadilla, palabra que hasta los 5 años siempre confundí con “quesadilla”. Ya me imaginarás en mis años de pirruña llorando por la "quesadilla" y a mi mamá, mujer de poca seriedad, que de inmediato decía: "¡mmm, qué rico! ¿Y tenía salsa?". Y yo llorando: "no, mamí, de esas nooooo". Y para cuado yo iba al kinder, mi hermana un año menor también tenía noción de “soñar feo”, especialmente si le quitaban a su perro amarillo de peluche.

En cuanto a “Carlos” o “Carlitos”. Cuando escribí el relato, pensé que podía alternar con ambos pues eran dos maneras de hablar de la misma persona, pero ahora que lo mencionas, me has sembrado la duda, aunque no estoy convencida del todo.

Quizá tengas razón, pero igual me gustaría que alguien nos diera una segunda opinión en esto.

Que tengas un excelente inicio de semana.

Amapola

PD: Si alguien más lee esto, por favor ¿podría darme su opinión respecto a si no debería alternar entre Carlos y Carlitos?