Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana. (Última entrega)

E P I L O G O.

El silencio, tortura para el que quiere hablar; estrategia para el que da la guerra; disciplina para el que quiere saber, ¿quién será el castigado de los tres? Muchas veces me conduje en la familia permaneciendo al acecho, y al mismo tiempo que aprendí a cazar el punto, empecé a hablar sola. Guardaba delante de todos el silencio que había que guardar y cuando me quedaba sola, dialogaba hasta con el aire, porque confiaba en que no era vista ni oída y no sería entonces juzgada, culpada, recriminada o criticada, pero también tenía la certera frustración de no contar con nadie que me diera o me negara la razón.
“Tú dices cosas que por nuestra hipocresía no estamos acostumbrados a decir, pero no es mala onda”, me dijo una vez en el camerino Teresa Valenzuela. Representábamos para las escuelas una obra de Sor Juana. Era mi primer trabajo profesional y estuve a punto de ser excluida por haberle dicho al director que sus clases eran las más aburridas del mundo.
Cuando hablo sola experimento placer, delectación, éxtasis, cosas muy cercanas a la felicidad, que tienen que ver con ella. En aquel ensayo estaba ebria de triunfo: la familia no quería que fuera actriz y ahí estaba, en ese momento precioso de mi vida, en un montaje profesional. Tan completa me sentía, que dejé de guardar silencio.
Cuando era niña y comencé a hablar sola, estaba embriagada con mis propios pensamientos. Con el sonido de mi voz y mis palabras; ahora deseo que la imagen de mis letras tenga un eco, una respuesta, y aquí está, por consiguiente, todo el silencio guardado por decenios.
No se qué tanto se parezcan la vergüenza de un borracho en la resaca a la sensación que tengo de ser descobijada cuando hablo sola y reparo en que alguien me ha estado observando. Antes de mis terapias, montaba en cólera y me desquitaba hasta con el papelero. Con la ayuda de mis doctores fui viendo que eso es una costumbre que desarrollé porque me dejaron sola y, buena o mala, es sólo eso, una costumbre. No estoy hablando con nadie, sino diciendo en voz alta lo que pienso o lo que más adelante voy a decirle a alguien, repasando una y otra vez mi guión: corrigiendo y aumentando.
He aprendido también a fijarme en la reacción de aquellos por quienes soy descobijada. Se divierten o se asustan, eso es algo que está fuera de mi control, pero me gustaría más que la gente se divirtiera.
Investigué, profundicé y conocí por sentimientos de culpa. Sin esas culpas, estas cuartillas no existirían, sin esas culpas, no podría darme cuenta de que así como mi madre esquizofrénica está zoocializada, yo he alcanzado por mi cuenta un cierto grado de zoobriedad:
Cuando lo considero pertinente, me hago pata o me hago buey. Si el sahumerio de los sahumadores está chido, voy a rastras, me arrincono y con mucha urbanidad, doy el saludo a mi cola.
A veces, avanzo por la vida con paso de tortuga y si tengo mala suerte, rebuzno en vez de rugir o de perdis, relinchar. A menudo creo que estoy barritando y es que sólo fue un farfullo. Si me doy por insultada, como todo un león mugiente, queriendo dar el zarpazo, doy el golpe de testuz y me rompo la cerviz. He aspirado en no pocas ocasiones a llorar lágrimas de cocodrilo, las de sangre duelen más y al derramarlas, no gozo de credibilidad.
Recibí dos propuestas de matrimonio. Rechacé ambas, pero uno de ellos, el que me daba la segunda oportunidad, me dijo la percepción que tuvo de mí: “Uno te ve y dice qué bonita mariposa, pero de cerca, ¡ay mamacita! ¡Si es un halcón!”
No sé si estuve bien o hice mal, pero me enorgullecí. Me gusta que la gente me vea de esa manera, es como tener un letrero de guardián que dice: “Si no me puedo ganar tu respeto, siempre podré ganarme tu miedo”. Dominaré mis demonios en la medida que deje de planear en circunloquio, para aterrizar y encontrar felicidad en el trato directo con los demás.
En el tiempo en que fue terriblemente angustioso vivir en mi edificio, una de las vecinas que me hostigaban se refirió a mí como a una “pinche ave de rapiña”. El zopilote y el cóndor son aves homenajeadas. Esta señora me tachó una vez de ladrona; si me vio como un gavilán, al menos me reconoció capacidad de vuelo, fiereza, astucia y cautela, atributos indispensables para vivir en humilde vecindad.
Hace nueve años, recibí un bautizo náhuatl en un tianguis del metro Insurgentes. Por el día en que nací, 8 de Septiembre de l957, según la conversión a calendario azteca, me correspondería llamarme Ixcuincíhuatl, mujer perro, o Tochtlicíhuatl, mujer conejo; tuve la oportunidad de elegir cuál de los dos nombres quería, porque solamente podía tener uno. Me quedé con el segundo por todos los atributos: seductor, prolífico, previsor, pero sobre todo, por la creatividad. ¡La capacidad de cazadora y la lealtad cuando me comprometo, se las debo al perro! ¡Carajo! Yo quería ser de la familia de los totoles que imponen, pero bueno, siempre tendré el consuelo de que la ira me transforme en una linda cuauhtochtli, es decir, una simpática ardilla.
Hace relativamente poco, llegó a darme el avión un horóscopo chino, donde leí que Arturo es perro de tierra y yo soy gallo de fuego. El canto del gallo es graznido, no deleita, avisa que sale el sol.
A veces pienso que vivo sola nada más para creer que soy buena; todos tenemos derecho a una ilusión, ¿no?

Ciudad de México, 20 de Noviembre 2006.

“¿Todas las decepciones son errores? ¡Sorpresa! ¡La respuesta es no!
La decepción puede ser una magnífica oportunidad para el crecimiento personal y la cicatrización de las heridas infantiles… siempre que esté dispuesta a asumir la responsabilidad y a soportar las angustias del cambio.”
Dra. Laura Schlessinger.

A GUISA DE COLOFÓN.

La cita anterior ha sido lo más reconfortante que pude hallar en toda la literatura
que revisé para poder escribir este libro. En el tiempo que dediqué a su elaboración, me fue benéfico creer que tenía pareja, pues eso me brindó la posibilidad de observar con detenimiento mi bagaje emocional para llegar a saber por qué me enganché, por qué me dormí en mis laureles y quedé involucrada en el lío de pantalones que una restaurantera se traía con varios hombres al mismo tiempo.

Las personas que trabajan en ese medio, están expuestas a convertirse en ayudantes de borrachos. Aquellas que no han resistido la tentación, no sólo se ven impedidas para hacer dinero, sino que muestran, además, una “madurez” y una “amplitud de criterio” que se reducen a dominar el juego de los alcohólicos que tengan enfrente, y hasta para esos bebedores compulsivos, llegan a resultar simple “gente que vive encerrada en su mundito”, según palabras textuales de Arturbio.

Encontrar a ese hombre en mi camino fue tan afortunado como sentarme en un pajar y pincharme con la aguja, y ni hablar; es verdad: nosotras no significamos cosa alguna para ellos, pero ellos sí se encargan de hacer que una toque fondo. En mi fuero interno él ya tiene un lugar. Allí va a seguir siendo “hermano de mi corazón”, por lo que provocó que descubriera; porque, en el afán de brindarle un cariño sincero, tuve oportunidad de conocer AA y su programa, que me dio herramientas con las que puedo distinguir, al momento de estar cerca de algún “briagoberto”, si me toca en suerte ver los toros desde la barrera, o si estoy en riesgo de quedar como una torera, en medio del ruedo y hasta con traje de luces. Espero tomar actitudes de forcado si el animal vuelve a embestir contra mí. Espero también darme cuenta de cuándo estoy citando a la bestia, y por qué.

En una de las juntas Al Anon, descubrí que hay compañeros que ven la cuestión de vivir con un alcohólico así como la veo; estar en la fiesta brava, o en la corretiza de Pamplona, y cuando siento que no voy a dejar de estar en el ruedo porque, como dicen los AA, “Del triángulo sí se sale, pero del círculo no.”, recuerdo que mi única defensa es ilustrarme, prepararme, conocerme más.

Gruñosaurio, el hombre con el que viví, antes de ser actor fue torero y me decía del ambiente taurino con tristeza, pero también con acierto: “¡Ay, niña! En esos lugares, tu único amigo es el toro.”, y en la vida es igual: en todo este merequetengue, mi único amigo fue Arturo.

Ciudad de México, 30 de Noviembre del 2008.


Agradecimientos

Tengo en mis manos el libro LOS HOMBRES QUE NO PUEDEN AMAR, escrito por los doctores en sicología Steven Carter y Julia Sokol, editado por el señor Javier Vergara. Doy gracias a estas tres personas, con cuyo trabajo dispuse de una muy valiosa información para digerir la experiencia que viví con un alcohólico

-¿Qué esta operando en ti, que estás dispuesta a enfermarte?- fue la pregunta que me hicieron los actores Marconio y Jorge Belaunzarán. Nunca terminaré de agradecerles esa muestra de amistad.
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Este trabajo ha sido un reconocimiento a mis locos: Nachtoyollotzin Arturo, alcohólico en activo que niega su problema; Jerónimo, tío abuelo materno, borracho, neurótico de guerra que en el frente de la Revolución Mexicana, fue asesino; Juana, abuela materna, comedora compulsiva por querer expandirse para ser tapadera de todos; Antonio, padre, ausente y humillado, mordaz, golpeador, estafador y trinquetero; Tía Genoveva, hermana de Antonio, pianista concertista, compositora y arreglista, que fue obligada a contraer matrimonio con un tipo mediocre, a cuyas manos murió asesinada por una presunta infidelidad; Esperanza, mi madre, esquizofrénica paranoide; mis hermanos: Alejandro, que desde su más temprana juventud nadó en las aguas negras del alcohol, que tocó todos los fondos impensables en un estado completo de orfandad; y Ma. Alura, mitómana; tía Cirenia, poetisa malograda; tía Alicia, monja resentida que prefirió el sonambulismo a falta de agallas para ser insomne; Petrita, ejemplo de codependencia hasta la ignominia.

Cada uno de ellos, con su respectiva dolencia, me enseñó el valor de comprometerse con un proyecto de vida. Desde aquí, un abrazo y un beso para todos, en donde quiera que estén.

Gracias a Irma, por su trato, su buena comida y por el hecho, bastante halagador, de que a estas alturas del partido se siga tomando la molestia de hablar de mí, aunque hable mal.

Mi gratitud a Premalata de Matesanz, amiga y mentora en esta difícil tarea de hacer con podredumbre la composta.

Raquel Olvera me concedió una gracia: asistir a sus clases. Ahí aprendí que para ejercer el derecho de contar nuestra historia, estamos obligados a saber escribir.

Por último, gracias, mil gracias a los padrinos Raúl, Pascacio, Edith, Angélica, David, Ernesto, Juana, Teresa, Esther, Alma, Luís, Eladio, Miguel, Francisco, Enrique y Patricia, por el auxilio emocional que me brindaron y el riesgo que algunos de ellos corrieron al visitar a Arturo en su casa. Gracias por existir y por darle vida a AA y Al Anon.

Un agradecimiento más para el Grupo Editorial Milenio por el espacio, y a los compañeros del taller literario que se han tomado la molestia de leer el testimonio y hacer observaciones.

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