En la fría noche del recuerdo
me falta el aliento,
ya no tengo valor para aceptar.
Me refugio en mis sueños,
despierto y me veo a media calle
ya perdí la razón.
Entre tantas ideas
la mente le teme al corazón
y el alma está sola.
En la fría noche del recuerdo
me falta el aliento,
ya no tengo valor para aceptar.
Me refugio en mis sueños,
despierto y me veo a media calle
ya perdí la razón.
Entre tantas ideas
la mente le teme al corazón
y el alma está sola.
Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inagotable,
Un imposible espacio de reflejos.
Carlos tuvo que asistir a varias consultas. Soportó largas sesiones con el psiquiatra de siempre y con un doctor de bigote gris al que no había visto antes, quien le preguntó muchas cosas, sobre todo de Efrén. El pequeño habló con esa franca candidez y dulzura propia de los niños. Después contestó varios exámenes.
A veces caminamos entre sueños
haciendo de silencio nuestro grito,
mirando que la noche es larga y triste
procesión de sombras que aún nos siguen;
y entre juicios de arácnidas razones
está la soledad: terrible, aguda.
Y aferrado a sus muslos, a sus gritos,
a su mano desnuda e irascible
hace rato estoy aquí, mas se hace tarde:
el tiempo en el reloj se ha vuelto turba
de locos incendiarios que en el alma
asoman y levantan los despojos.
¡Qué frío es el silencio entre sus gritos!
¡Qué terrible el reposo entre sus manos!
“En la población humana la impotencia es un requisito de una sociedad opresora, y la familia desafortunadamente suele educar fuera del poder y autonomía y educar en la disciplina y docilidad para las reglas autoritarias. La formación en la impotencia, interpretar el papel de Víctima en el Juego del Rescate, hace que la gente crezca con un sentimiento de que no se puede cambiar el mundo.”
Claude Steiner.
IV
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